Me encanta la falta de pudor con la que Vietnam mezcla la vida familiar y los negocios. En ningún otro sitio he visto una frontera tan difusa entre el salón de una casa y la tienda del barrio. En la misma planta baja donde un señor ve la tele en pijama, enfrente hay montada una lavandería, una tienda de chuches o un puesto de Bánh Mì listo para atenderte en cuanto asomas la cabeza.
A esta combinación se la conoce como Nhà phố thương mại (casa-tienda) y suele darse en las Nhà ống (casas tubo), esas viviendas ultraestrechas que crecen hacia arriba para exprimir el terreno (ya les dediqué un post aquí). Y la cosa no acaba en la puerta: la vida se desborda hacia la acera con vitrinas, herramientas y los clásicos taburetes de plástico (Otro post sobre su historia aquí) . Todo el espacio se aprovecha.
Algo que también me llama mucho la atención son los puestos que se especializan en una sola cosa y abren en franjas horarias muy concretas. Por ejemplo, esta familia de arriba solo prepara y vende Bánh bò, cuyo sabor y textura recuerdan a los buñuelos. Su negocio abre todos los días cuatro horas por la tarde, de 3 a 7. Tanto los padres como las hijas atienden el puesto, y siempre hay algún cliente esperando a que terminen de freír su encargo.
¿Pero cómo funciona esto a nivel legal?
Generalmente, estos micronegocios son informales. Se permiten porque generan ingresos modestos y solo trabaja en ellos la gente de la propia vivienda; no serviría, por ejemplo, para montar un restaurante en regla y contratar personal externo (tampoco habría espacio suficiente).
Lo interesante es que el marco legal vietnamita contempla esta realidad. Existe una exención que permite a comerciantes ambulantes y pequeños locales operar sin registrarse como empresa. En la práctica, pagan una tasa local estimada en su distrito llamada Thuế khoán o, si la actividad es muy pequeña, directamente no pagan nada.
Es una fórmula sencilla que permite a cualquiera buscarse la vida desde la puerta de su hogar sin complicarse con papeleos, manteniendo viva esa atmósfera tan única en las calles.
En la foto superior se ve a mi vecina de al lado, quien vende Bánh Mì, el bocadillo local. Su sala de estar queda justo detrás de ella; tiene unas mesas y sillas que funcionan tanto para los clientes como para la familia. A veces me siento con sus hijos mientras hacen los deberes.
Ese espíritu microemprendedor es de lo que más me atrae del país. Se animan a todo y hay pequeños comercios por todas partes. Además, a la gente le encanta salir, gastar y mercadear en esa franja de tolerancia donde lo formal y lo informal se desdibuja. Aunque se podría pensar que es algo común en todo el Sudeste Asiático, no lo sentí tan así en Malasia o Indonesia; a mí Vietnam me recuerda muchísimo a México por esa energía callejera, aunque allí la separación entre el hogar y el comercio suele ser más clara.
La inauguración de un puesto de Bánh Mì en la puerta de casa de unos amigos Việt kiều (vietnamitas del extranjero). Nos invitaron a pasar a su sala de estar, pero el negocio está donde se ven las sombrillas verdes afuera. No creo que necesitaran el dinero, pero ¿para qué desaprovechar la oportunidad de ganar un extra con el paso de gente que hay frente a su casa? ¡Ese es el espíritu vietnamita!
Al final, más allá del dinamismo económico, lo que hace especial a Vietnam es esa forma de entender la vida, sin barreras, sin rodeos y con la puerta siempre abierta de par en par al barrio.
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