Sillitas de plastico: una la vida cerca del suelo
¿Por qué todo el mundo se sienta en sillitas que parecen de juguete?

En esta edición de la newsletter nos vamos a meter de lleno en un misterio cultural que fascina a cualquiera que pisa este país: ¿Cómo es posible que unos moldes de plástico se hayan convertido en el símbolo indiscutible de toda una nación?
Para mí, salir a comer algo a cualquier terraza es una escena cómica. Mido 1,86 y estas sillitas apenas alcanzan los 30 centímetros... ¡y esas son las grandes, porque las hay todavía más bajas! Cada vez que me siento, es como si el mundo se hubiera encogido de golpe o como si me hubiera ido a jugar con los niños en la sala de juegos de la guarderia. Las risas de la gente de alrededor están garantizadas.
Pero, ¿de dónde viene todo esto?
La cultura del Ngồi Bệt
Históricamente, los vietnamitas siempre han hecho su vida muy cerca del suelo. Antiguamente, se sentaban, comían y dormían sobre una esterilla tradicional de paja llamada Chiếu. Compartir la comida en el suelo, todos al mismo nivel, es una costumbre arraigada que se conoce como ngồi bệt (sentarse en el suelo), y es algo que muchísimas familias siguen haciendo en sus casas a día de hoy. Cuando necesitaban un apoyo extra, usaban unos pequeños banquitos de madera (ghế đẩu) en los que básicamente te quedas en cuclillas.

El cambio empezó a finales del siglo XIX con la llegada de los franceses. El suelo de las ciudades empezó a transformarse con cemento y asfalto duro, por lo que sentarse directamente en la calle ya no era tan cómodo. Pero la gente no quería sillas altas y formales; querían seguir estando cerca del suelo.
El ingenio de la supervivencia
Tras décadas de guerra y dificultades económicas (durante la época del subsidio, antes de los 80), la economía estaba ultra controlada. Para sobrevivir, la gente dependía de pequeños negocios informales en el mercado negro y de puestos de comida improvisados en la calle.
En ese ambiente, invertir en mobiliario pesado o caro era un riesgo enorme. Los vietnamitas aprendieron a ser rápidos, ágiles y discretos. Necesitaban un negocio que pudiera aparecer y desaparecer en cuestión de minutos.
La revolución del plástico
En 1986 llegaron las reformas económicas del Đổi Mới, que abrieron el país al libre mercado y permitieron de nuevo los negocios privados. El ajetreo comercial inundó las calles. Justo en ese momento, a principios de los años 90, la industria del plástico local despegó con fuerza.
Las fábricas nacionales empezaron a masificar estas minúsculas sillas de plástico. Eran más ligeras que las de madera, impermeables para el monzón, ridículamente baratas y, lo mejor de todo, se podían apilar por decenas en la parte trasera de una moto.
Además, la policía local suele controlar el orden de las aceras, y si ven que te estás pasando, te toca levantar el campamento rápido para evitar una multa. Una terraza entera que se puede recoger y meter en un portal en tres minutos es clave. No vas a gastar en muebles caros si corres el riesgo de que te cierren el chiringuito.
Un icono que no pasa de moda
Con los años, lo que empezó como una solución pura de supervivencia se ha transformado en el mayor símbolo de la cultura callejera vietnamita. Da igual que hoy haya rascacielos y cafeterías modernas en Saigón o Hanói, las sillitas de plástico siguen ahí porque definen el espíritu del país: humilde y extremadamente flexible.
De hecho, la obsesión por el suelo sigue tan viva que en lugares como Saigón, todavía puedes ir a los parques de la ciudad, alquilar una lona de plástico por unos pocos dong y sentarte directamente en el suelo a tomar un Cà phê bệt (café en el suelo) con tus amigos.

La próxima vez que me veas con las rodillas en la barbilla en una acera de Hanói, ya sabes, menos cachondeo! 😆
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