Ormuz y el pulso de Vietnam
El país que crece al 8% depende de un estrecho a 7.000 km
En este preciso momento, un pequeño brazo de mar de apenas 33 kilómetros de ancho tiene en vilo a medio planeta. El Estrecho de Ormuz no es solo un punto geográfico entre Omán e Irán; es la arteria por la que bombea el 21% del petróleo mundial. Si esa arteria se colapsa, Asia entra en taquicardia.
Para que te hagas una idea, el 84% de lo que sale por ahí va directo a los mercados asiáticos. En ese flujo vital viaja la energía que mueve las fábricas de Samsung en el norte o las millones de motocicletas que inundan Ho Chi Minh cada mañana. Para Vietnam, la dependencia no es una estadística lejana: el 85% del crudo que importa proviene íntegramente de Kuwait, y cada barril tiene que cruzar ese estrecho.
Crecimiento de consumo incesante
El crecimiento del consumo de petróleo en el país durante la última década ha sido espectacular, pasando de menos de 1.000 millones a 8.000 millones de dólares en gasto energético en apenas 10 años. En la gráfica se puede observar cómo el consumo va ligado directamente al crecimiento productivo y económico del país.
En 2025, el crecimiento del PIB fue del 8% superando con creces el avance de gigantes como China (que rondó el 5%) y a primeros de año la previsión para 2026 era llegar al doble dígito. Pero en este nuevo panorama mundial, debido al conflicto bélico que afecta al estrecho de Ormuz, todo puede cambiar: el encarecimiento del crudo por encima de los 100 dólares y los cambios en las cadenas de distribución amenazan con frenar ese motor.
Vietnam país productor
Aquí es donde la historia se vuelve interesante: Vietnam es, de hecho, un país productor de petróleo. Desde los años 80, con el mítico campo Bach Ho (Tigre Blanco) en el sur, el país ha extraído crudo de sus aguas.
Entonces, ¿por qué narices dependemos de Ormuz? La respuesta es una mezcla de química y estrategia comercial. El petróleo de las costas de Vietnam es “Sweet Crude”: de altísima calidad, bajo en azufre y, por lo tanto, muy caro. En cambio, la refinería de Nghi Son, la más grande del país, se diseñó específicamente para procesar crudo “ácido” de Kuwait, que es más barato pero más difícil de refinar.
Vietnam hace un “cambio de cromos” financiero: exporta su petróleo premium a Japón o Australia por un buen puñado de dólares, y compra petróleo kuwaití más barato para fabricar su propia gasolina. Es un negocio redondo... hasta que el Estrecho de Ormuz se cierra y te das cuenta de que tu refinería no sabe “comer” el petróleo que tienes en casa.
El declive de los yacimientos
A su vez, los actuales campos están perdiendo su capacidad de producción un 10% al año; ya están en plena fase de madurez. La refineria Dung Quat procesa el crudo dulce nacional pero no cubre las necesidades del país. Hablamos de una producción nacional de unos 160.000 barriles diarios en 2025, frente a un consumo que superó los 520.000 barriles; la producción propia no llega ni al 30% del consumo.
Han prospectado nuevos campos, pero estos se hallan a mayor profundidad en el Mar de la China Meridional y requieren un mayor coste de extracción.
La economía del día a día
Si dejamos de lado los grandes mapas y las cifras de barriles, la crisis de Ormuz tiene un nombre muy concreto en las calles: el coste de la vida. Aunque Vietnam ha hecho un esfuerzo titánico por contener la inflación, el impacto del desabastecimiento siempre corre más que las noticias. A día de hoy, 26 de marzo de 2026, la realidad es incontestable: la gasolina y el diésel se han disparado entre un 30% y un 40%, obligando al Gobierno a incentivar el teletrabajo como medida de choque.
La onda de choque no se detiene en las gasolineras. Con China y Tailandia bloqueando las exportaciones de queroseno para blindar su propio consumo, el cielo se vacía y la reducción de vuelos es ya inminente. Mientras el Ejecutivo busca desesperadamente crudo en otras latitudes y lanza incentivos para exploraciones petrolíferas locales, queda claro que estas soluciones son parches para el largo plazo. La urgencia es ahora.
Como suele decirse, toca abrocharse el cinturón, porque vienen curvas.




